miércoles, 20 de febrero de 2013
Es un recuerdo con olor a naranja
"Lo que sí puedo asegurarte es que en este universo no hay reglas. Cualquier mundo se rige por reglas, pero el mundo amarillo no las tiene. No me gustan las reglas, así que jamás deseé que mi mundo las tuviera. Sería una incongruencia. Y es que no creo que sean necesarias, no sirven de nada, sólo están para que te las saltes. Nada de lo que te dicen que es sagrado en esta vida creo que lo sea. Nada de lo que digan que es lo correcto creo que lo sea. Todo tiene dos caras, tiene dos perspectivas."
"Yo tengo una máxima: si crees en los sueños, ellos se crearán. Creer y crear son dos palabras que se parecen tanto porque en realidad están cerca, muy cerquita. Tan cerquita como que si crees, se crea.
Cree..."
Estos son dos ejemplos, dos fragmentos de El mundo amarillo de Albert Espinosa.
Estos son sólo dos ejemplos, sólo dos fragmentos en los que creo sentirme identificada, como en casi cada página de este maravilloso libro.
http://meryymeryyy.blogspot.com.es/2012/04/buscando-el-octavo-secreto.html
http://meryymeryyy.blogspot.com.es/2011/02/presentacion.html
Y estos son sólo dos ejemplos, sólo dos fragmentos de mi vida, de mis cosas; que se me han venido a la mente mientras leía. Probablemente no haya ningún parecido remoto pero, al menos durante la tarde de ayer para mí lo hubo.
jueves, 7 de febrero de 2013
51
La estupidez del ser humando traducida en escuchar canciones tristes en momentos supuestamente alegres.
El sabor agridulce de las melodías que acompañan las horas muertas y aniquiladas en un intermitente desasosiego.
Y nos vamos pasando la pelota los unos a los otros hasta que, algún día, caiga sobre el mismo tejado.
sábado, 5 de enero de 2013
Delicias, delicias de la vida
Olor a lluvia filtrado en el interior de los bolsillos de la maleta. No cesa el chaparrón y mis camisetas están sucias. Rechazo el paraguas por el cobijo de las cornisas y la intermitente mojadura al cruzar un paso de cebra.
He llegado aquí rozando la hora del café. Tengo un dilema, no sé si prefiero la lavadora número uno o la número cuatro. Mejor la cuatro. Voy a sentarme durante media hora a ver cómo mi ropa da vueltas, quizá tantas como la vida, mientras queda impregnado el olor a suavizante en mis días malgastados de la semana.
No puedo dejar de pensar en todo, y a la vez en nada, mientras van descontando los minutos en la máquina sugiriendo que, en cuanto el contador llegue a cero, mis pensamientos dejen de funcionar en blanco y negro y pasen a color.
Ya ha terminado. Se han centrifugado mis malas sensaciones y ahora solamente queda la realidad, calcetines de rayas en el cesto esperando ser secados en un sol ficticio pero casi acogedor. Son solo diez minutos más.
Ahora solo pienso que, en cuanto terminen, volveré a guardar todo en la maleta en forma de calor; y en el color que me apetezca hoy.
Estoy lista para volver a la calle bajo el techo de nubes y gotas de lluvia. Casi son las cinco y me espera un café ardiendo con un montón de espuma y, por supuesto, con azúcar moreno. Seguramente, hecho de la misma forma que siempre, en el mismo bar de siempre sentada en el banco de madera junto a la misma mesa baja de siempre. Pero con sabor diferente porque tengo ropa nueva con rotos antiguos.
Hoy es un buen día, han abierto una lavandería nueva en mi barrio.
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